Biblioteca Popular José A. Guisasola

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La Momia entró al aula y todos se pusieron de pie.

—Buenas tardes —saludó.

—Bue-nas-tar-des-se-ño-ri-ta —le contestaron.

La Momia se puso los anteojos, sacó del escritorio el cuaderno de asistencia y empezó a pasar lista:

—Drácula.

—¡Presente!

—Frankenstein.

—¡Presente!

Y siguió:

—¡Garramunda!

—¡Pdecente, ceñodita! —contestó una bruja ceceosa.

—¿Dónde está el Lobisón? —preguntó la Momia—. ¿Hoy también faltó?

Un espectro verdoso se levantó de su asiento y dijo respetuosamente:

—Sí, faltó. Me mandó decirle que su abuelita todavía está enferma.

En el fondo del salón dormía un joven ogro. Roncaba como un santo. Era uno de los más grandes y había repetido seis veces primer grado.

La Momia lo despertó tirándole el borrador en la nuca. Era su alumno favorito.

Por fin, todos estuvieron listos para empezar la clase. No volaba una mosca.

La Momia se plantó frente al pizarrón y se aclaró la garganta.

—Buem. Abran el manual en la página 62. Hoy vamos a aprender a atravesar paredes, algo muy útil en la vida. Si lo aprenden como es debido podrán aterrorizar a mucha gente y hacer de veras ¡muuuuucho daño a la humanidad!

Aquí la Momia se emocionaba. Siempre que hablaba de hacer daño a la humanidad se le humedecían los ojos.

Frente al libro abierto, los alumnos leían a coro. El Atravesamiento de Paredes era una lección más bien práctica. Uno a uno fueron ejercitándose.

Primero atravesaron una plancha de telgopor.

Después una madera de dos pulgadas.

Por último, tenían que atravesar la pared que daba al salón de actos, de donde los echaban porque un grupo de compañeritos estaba ensayando “La canción de la araña”.

El más hábil de todos resultó ser el fantasma. Eso de atravesar paredes se lo habían enseñado sus padres de chiquito.

También había un vampiro bastante habilidoso. Atravesaba con elegancia.

Hacia el final de la clase le tocó el turno a Frankenstein.

La maestra lo llamó al frente.

Pasó.

Se ajustó el cinturón, se llenó los pulmones de aire para hacerse más esponjoso, cerró los ojos y avanzó decidido hacia la pared.

Muchos años después, ya jubilada, la Momia seguiría recordando aquel día extraordinario.

El choque fue terrible.

La cabeza de Frankenstein sonó como una caja de tuercas lanzada contra una escollera, pero él ni pestañeó. Un salpicón de bisagras, remaches, astillas y peladuras roció a todos los que estaban.

La maestra pegó un grito creyendo que su alumno se desarmaba. Corrió a ayudarlo, pero Frankie estaba decidido a avanzar.

Y avanzó.

Era un muchacho sólido, tenía amor propio, y no lo iba a detener una pared.

Pasar, pasó.

Abrió un boquete de cuatro metros por dos y arrasó el piano que estaba del otro lado. Los integrantes del coro aplaudieron. Detrás de él la pared entera se derrumbó y con ella parte del cielorraso. Unas grietas horrorosas aparecieron en el techo del salón de actos.

A Frankenstein le pareció un triunfo total. Estaba dispuesto a demostrarle a su maestra lo bueno que era para esas cosas. Así que arremetió contra la pared que daba al patio con el ímpetu de un tren de carga.

Alumnos y maestros empezaron a correr hacia la calle porque el edificio entero se resquebrajaba. Los murciélagos levantaron vuelo en estampida.

Frankie siguió atravesando paredes, una tras otra, siempre con el mismo éxito.

Cuando atravesó la última, el edificio, viejo y ruinoso como era, se vino abajo.

Desde la vereda de enfrente, todos miraban alborotados el radiante cataclismo. El portero tosía en medio del polvo desmoronado.

La Momia corrió a rescatar a Frankenstein de entre los escombros. Estaba averiado pero contento. Enseguida le vendó las partes machucadas. Después lo miró babeante de orgullo y le dio un beso.

Evidentemente no era lo bastante transparente, poroso y aéreo como para atravesar paredes. Pero en cambio, era un genio para los derrumbes. En toda su vida de maestra nunca había visto una catástrofe tan completa. Se imaginó que con un poco de práctica Frankie podía causar desastres mundiales.

Ese mes le escribió en la libreta de calificaciones: “Te portas cada día peor. ¡Adelante! ¡Sigue así!”


FIN



EL POLLO GOYO 3 - PREMANUAL. Editorial Kapelusz
http://www.editorialkapelusz.com/



¡Silencio, niños! y otros cuentos.
Textos de Ema Wolf e ilustraciones de Pez.
Colección Torre de Papel, serie Torre Azul. Grupo Editorial Norma
Páginas (número): 120 págs.
Edad: De 9 a 11 años



En estos divertidos cuentos circulan personajes más bien raros: un hombre-bala, un náufrago exigente, un gran ladrón de pizzas, un rey que no quería bañarse... Ema Wolf es una maestra en la narrativa, pues hace de lo sofisticado y lo culto elementos que transmiten con sencillez ideas poderosas.

Índice

7 - ¡Silencio, niños!
13 - El rey que no quería bañarse
19 - Lupertius se enoja los jueves
25 - Gervasio, el hombre bala
31 - El encuentro del caballero resfriado
37 - Walter Ramírez y el ratón nipón
43 - Dientes
49 - Los bubi-bubi
57 - El señor que roncaba bonito
67 - El náufrago de Coco Hueco
77 - Cuento chino
89 - El mensajero olvidadizo
101 - El caso de la pizza napolitana
119 - Glosario.


Visto y leído en:

Libros en Google Play - Páginas mostradas con permiso de Editorial Norma.
Silencio, niños! y otros cuentos. Escrito por Ema Wolf. Editorial Norma, 1997 - 116 páginas.

https://books.google.com.ar/books?id=A-HdW4tEaDgC&lpg=PA4&hl=es&pg=PA7
Silencio niños y otros cuentos, cap. modelo. Published on Mar 6, 2017 - Kapelusz Norma Argentina
https://issuu.com/kapeluszeditora/docs/silencio_ninios_y_otros_cuentos_cap/7
EL POLLO GOYO 3 - PREMANUAL. Editorial Kapelusz
http://www.editorialkapelusz.com/wp-content/uploads/2018/12/61086367_El-pollo-GOYO-3_C1_modelo.pdf

Cuento» DIENTES, de Ema Wolf.


Boris Dracul trabajaba de vampiro.

Todas las noches se ponía su capa de seda negra —tenía otra de hule impermeable para los inviernos húmedos— y se largaba a vampirear por los caminos de Moldavia.

No es fácil ser vampiro en un pueblo de campesinos que se acuestan más temprano que las gallinas. Al menos no lo era para el conde Dracul, incapaz de atravesar paredes, de cruzar volando las ventanas convertido en murciélago y de toda otra acrobacia parecida.

Dracul tenía que conformarse con morder el pescuezo de algún enamorado tardío o de un aldeano insomne que estuviera fuera a esa hora paseando el perro. Para colmo, los habitantes del pueblo vivían de la cosecha del ajo, y quien más quien menos siempre andaba con un diente en el bolsillo.

El conde Dracul vivía, claro, en un castillo tenebroso.

Durante el día dormía en la bañadera. (Créase o no, las bañaderas suelen ser los lugares más secos en esos viejos edificios.) Durante la noche…La noche alentaba sus peores propósitos.

¿Quién ha visto alguna vez el despertar de un vampiro?

Cuando el cucú daba las doce se levantaba de un salto. Solía darse la nuca contra las canillas, pero eso jamás lo desmoralizó. Con los ojos todavía enlagañados se peinaba —de memoria, porque los vampiros no se reflejan en los espejos— y manoteaba la capa que colgaba del toallero. Después se deslizaba por el ventiluz del baño hasta el jardín. El rocío lo despabilaba ferozmente. ¡Y a comer!

Una noche de ésas, una tormenta maligna sacudía los muros del castillo. Afuera aullaban los lobos, las lechuzas, los hurones y animales varios. A pesar del vendaval, el conde Dracul se aprestaba a salir. Como siempre, se deslizó a través del ventiluz y marchó hacia el pueblo.

En las calles de la aldea, naturalmente, no había un alma. Con semejante tiempo había menos que nadie.

Dracul pisó varias baldosas flojas y maldijo en rumano. La panza le crujía y él ya imaginaba una desgraciada noche de ayuno.

¡De pronto…!

Pasos que se acercaban.

Suspenso.

—Scruich, scruich —hacían los pasos mojados.

Dracul tensó todos los músculos del cuerpo.

Observó que una sombra se acercaba por la vereda. Miró bien. Por el rodete, parecía una señora. Parecía no, era una señora.

Dracul se agazapó detrás de un buzón y esperó a que la dama se acercara, listo para dar el gran salto.

Más suspenso.

Cuando la tuvo cerca, salió de su escondite, desplegó la capa y abrió la boca con un rugido exhibiendo los colmillos.

La señora clavó los ojos en esa bocaza que tenía a veinte centímetros de su cara y lanzó un grito espantoso:

—¡AAAAAAAAAHHHH! ¡QUÉ HORROR!

Lo que pasó después nadie pudo imaginarlo, ni siquiera el mismísimo conde.

La mujer lo zamarreó por el cogote con unas manos robustas de sifonero y después lo derribó con un golpe de karateca.


¿Con quién se había topado el conde Dracul? ¡¿Quién era ella?!

Era nada menos que la temible doctora Carramela, la dentista ortodoncista de la aldea. ¡El Terror de las Caries! ¡El Azote de los Dientes Desubicados!

El conde sintió que lo levantaban por el aire y cerró los ojos.

En pocos minutos se encontró sentado en el sillón de la dentista con la boca abierta. Las rodillas de la Carramela, apoyadas sobre el pecho, le trababan los movimientos. Estaba furiosa.

—¡Qué barbaridad! —decía—. ¡Esto está a la miseria! ¿Cuándo aprenderán a cuidarse la boca? ¡PUERCO, PUERCO, PUERCO!

En un rato le emparejó los colmillos, le arregló seis muelas picadas, le sacó dos dientes que le sobraban y le hizo un tratamiento de flúor. Después lo fletó para su casa, no sin antes darle un sermón y prohibirle para siempre los merengues.

Nunca más anduvo el conde Dracul vampireando solo de noche por los caminos de Moldavia. Es una pena.

Desde entonces guarda su cepillo de dientes en un vaso, junto al tubo de pasta, al lado de la jabonera.




FIN



Libro: ¡Silencio, niños! Y otros cuentos
Autor: Ema Wolf
Ilustrador: Pez
Editorial: Norma Editorial
Colección:Torre de papel azul




CONTENIDO:

¡Silencio, niños!
El rey que no quería bañarse
Lupertius se enoja los jueves
Gervasio, el hombre bala
El encuentro del caballero resfriado
Walter Ramírez y el ratón nipón
Dientes
Los bubi-bubi
El señor que roncaba bonito
El náufrago de Coco Hueco
Cuento chino
El mensajero olvidadizo
El caso de la pizza napolitana
Glosario


Visto y leído en:

Grupo Editorial Norma
file:///C:/Documents%20and%20Settings/Usuario/Mis%20documentos/Downloads/gm-silencio-niaeos-y-otros-cuentos.pdf
CUADERNILLO DE LENGUA 4º GRADO
http://www.losrobles.esc.edu.ar/sede_bsas/panel/utiles/14_49_46Cuadernillo%20Pr%C3%A1cticas%20del%20Lenguaje%204%20grado%202018.pdf
Cuentos cortos infantiles. Lecturas para niños y jóvenes.
http://puroscuentos.blog/cuento-de-humor-infantil-dientes-de-ema-wolf/
https://es.slideshare.net/nataliaghayquel/dientes-8402576
Google Libros - Páginas mostradas con permiso de Editorial Norma.
https://books.google.com.ar/books?id=A-HdW4tEaDgC




Hace mucho tiempo había reinos tan grandes que los reyes apenas se conocían de nombre.

El rey Clodoveco sabía que allí donde terminaba su reino empezaba el reino de Leopoldo. Pero nada más.

Al rey Leopoldo le pasaba lo mismo. Sabía que del otro lado de la frontera, más allá de las montañas, vivía Clodoveco. Y punto.

La corte de Clodoveco estaba separada de la de Leopoldo por quince mil kilómetros. Más o menos la distancia que hay entre Portugal y la costa de China.

Entre corte y corte había bosques, desiertos de arena, ríos torrentosos, precipicios y llanuras fenomenales donde vivían solamente las lagartijas. Tan grandes eran los reinos...

Cuando Clodoveco y Leopoldo decidieron comunicarse, contrataron mensajeros.

Y como siempre se trataba de comunicar asuntos importantes, secretos, nunca mandaban cartas por temor de que cayeran en manos enemigas. El mensajero tenía que recordar todo cuanto le habían dicho y repetirlo sin errores.

El mejor y más veloz de los mensajeros se llamaba Artemio. Además, terminó siendo el único: nadie quería trabajar de mensajero en aquel tiempo. No había cuerpo ni suela que durase. Pero Artemio era veloz como un rayo y no se cansaba nunca.

El problema es que tenía una memoria de gallina. Una memoria con poca cuerda. Una memoria que goteaba por el camino.

Artemio partía de la corte de Clodoveco de mañana bien temprano con la memoria afinada y tensa como un arco. Al llegar al kilómetro 7.500 más o menos, había olvidado todo, o casi todo. No era para menos...

Lo que no recordaba, lo iba inventando en la marcha.

Una vez la esposa del rey Clodoveco le mandó pedir a la esposa del rey Leopoldo la receta de la mermelada de frambuesas.

Artemio volvió y recitó ante la reina la receta de los canelones de acelga. No se sabe si había trabucado el mensaje en el viaje de ida o en el viaje de vuelta.

La reina pensó que la otra señora estaba loca, pero preparó nomás la receta.

—¡Qué buena mermelada, Majestad! —decían todos, mientras comían canelones.

Otra vez el rey Leopoldo quiso anunciar al rey Clodoveco la feliz noticia del cumpleaños de su abuela. El mensaje que Artemio debía transmitir era:

Te saludo, Clodoveco,
y te anuncio que mañana
va a cumplir noventa años
la reina nona Susana.


Artemio cruzó valles, selvas, acantilados y charcos, nadó ríos y atravesó planicies a lo largo de quince mil kilómetros.

Cuando llegó a la corte del rey Clodoveco se presentó en la sala del trono y dijo lo que le salió:

Te saludo Clodoveco,
y te cuento: esta mañana
en el jardín florecido
se me ha perdido una rana.


Clodoveco no entendía por qué tanta preocupación por una simple rana. Leopoldo debía estar chiflado. Pero allá mandó a Artemio con un mensaje que decía:

Lo siento, ya conseguirás otra.

Leopoldo, creyendo que se refería a la abuela, se enojó mucho y juró que no cambiaría a su nona por ninguna otra en el en mundo aunque estuviera viejita.

A veces Artemio recorría quince mil kilómetros solamente para decir "gracias". Y volvía con la respuesta: "de nada".

Un día Clodoveco lo envió para que pidiera a Leopoldo la mano de su hija Leopoldina. Quería casarla con su hijo, el príncipe heredero.

Mientras marchaba a través de los caminos peligrosos, Artemio se iba olvidando.

—¿Qué tengo que pedir de la princesa Leopoldina? ¿Era la mano? ¿No sería el codo? Me parece que era el pie.

Cuando estuvo frente a Leopoldo, dijo:

Te hace el rey Clodoveco
una petición muy grata:
que le envíes enseguida
de Leopoldina una pata.


A Leopoldo le dio un ataque de furia. ¡Cómo se atrevía ese delirante a pedir una pata de su hija!

Mandó a Clodoveco una respuesta indignada por semejante ocurrencia.

Artemio se olvidó de todo. Cuando llegó a la corte de Clodoveco, dijo sinceramente:

Necesito dormir la siesta
antes de darte respuesta.


Clodoveco creyó que esa era la verdadera contestación de Leopoldo y quedó convencido de que el pobre no tenía cura. ¡Cómo podía pensar en irse a dormir la siesta cuando le pedía la mano de su hija!

Y así siguieron las cosas.

Hasta que un día, un día...

Un día el rey Leopoldo le pidió prestado al rey Clodoveco algunos soldados. Quería organizar un desfile vistoso. ¡Qué mejor que los soldados de Clodoveco, que tenían uniformes tan bonitos!

Entonces le mandó decir por Artemio:

Necesito seis legiones,
o mejor: diez batallones.


Pero Artemio, en el colmo del olvido, dijo:

Que me mandes cien ratones.

¡Todo mal!

Cuando Leopoldo recibió en una linda caja con moño cien ratones perfumados, la paciencia se le terminó de golpe.

—¡Basta! —gritó. ¡Clodoveco me está tomando el pelo! ¡No lo soporto! ¡Si no le hago la guerra ya mismo el mundo entero se va a reír de mí!

Y sin pensarlo dos veces mandó alistar sus ejércitos para marchar sobre el reino de Clodoveco. Pero antes, como era costumbre, le mandó una declaración de guerra:

Yo te aviso, Clodoveco
que me esperes bien armado
pues voy a hacerte la guerra
por insolente y chiflado.


Artemio se lanzó a través de montañas y llanuras llevando en su cabeza el importante mensaje. Tanto y tanto tiempo anduvo que cuando llegó a la corte de Clodoveco la noticia se había convertido en cualquier cosa:

Mi querido Clodoveco,
espérame bien peinado,
pues visitaré tu reino
en cuanto empiece el verano.


Clodoveco se llevó una alegría.

—¡Leopoldo va a venir a visitarnos! Seguramente quiere arreglar el casamiento de Leopoldina con mi hijo. Vamos a prepararle una recepción digna de un rey.

Y ordenó a sus ministros que organizaran la bienvenida.

Mientras en el país del rey Leopoldo los ejércitos se armaban hasta los dientes, en la corte del rey Clodoveco todo era preparativo de fiesta.

Leopoldo amontonaba pólvora y cañones. Clodoveco contrataba músicos y compraba fuegos artificiales.

Leopoldo preparaba provisiones de guerra mientras los cocineros de Clodoveco planeaban menúes exquisitos.

En un lado fabricaban escudos y lanzas de dos puntas. En el otro adornaban los caminos con guirnaldas de flores y banderines.

Por fin llegó el día.

Las tropas de Leopoldo avanzaron hacia el reino de Clodoveco haciendo sonar clarines y tambores de combate mientras la corte de Clodoveco salía a recibir al rey Leopoldo vestida de terciopelo, con bufones, bailarines y acróbatas.

Se encontraron a mitad de camino. Unos formados para la batalla, otros cantando himnos que decían "Bienvenido rey Leopoldo".

Los dos reyes, frente a frente, se miraron. Uno con cara de guerra y otro con una sonrisa de confite en los labios.

Artemio se encontró entre los dos. Estaba quieto, muy quieto. Miraba a Leopoldo y miraba a Clodoveco. Se rascó la cabeza y pensó que algo andaba mal, muy mal... Tan mal que mejor encontrara una solución antes de que fuera demasiado tarde.

Bramó un tambor y estalló un fuego de artificio.

Entonces Artemio tomó aire y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

¡Cuídense del rey Rodrigo
si es que quieren seguir vivos!


—¿Rodrigo? ¿Y quién es el rey Rodrigo? —peguntaron los dos reyes.

¡El que les morderá el ombligo...!

...gritó Artemio, y salió corriendo hacia el norte, veloz como una lecha enjabonada.

Clodoveco y Leopoldo se quedaron pensando. Nunca habían oído hablar del rey Rodrigo, pero parecía un enemigo de cuidado.

—¿Será el rey de Borboña? —decía Clodoveco.

—No, ése se llama Ataúlfo —decía Leopoldo. Debe ser el rey de Bretoña.

—No creo, me parece que se llama Ricardo, y además tiene un apodo que ahora no me acuerdo...

Así siguieron.

Y todavía están allí, tratando de averiguar quién es el famoso Rodrigo.


Mientras tanto Artemio sigue corriendo, que para eso estaba bien entrenado. Ya se olvidó del rey Rodrigo, y seguramente tampoco se acuerda por qué corre.



FIN


Del libro: ¡Silencio, Niños! y Otros Cuentos, Ema Wolf.
Ilustraciones de Pez. Col. Torre de Papel Azul
(de 9 a 11 años) Editorial: Norma


“Por estos divertidos cuentos circulan personajes más bien raros: un hombre-bala, un náufrago exigente, un gran ladrón de pizzas, un rey que no quería bañarse... Ema Wolf es una maestra en la escritura de los cuentos, pues hace de lo sofisticado y lo culto elementos que transmiten con sencillez ideas poderosas.
Esta es una magnífica invitación para que los niños se aficionen por la lectura y por las expresiones cuidadas e inteligentes del lenguaje.”

Contenidos de este libro
¡Silencio, niños!
El rey que no quería bañarse
Lupertius se enoja los jueves
Gervasio, el hombre bala
El encuentro del caballero resfriado
Walter Ramírez y el ratón nipón
Dientes
Los bubi-bubi
El señor que roncaba bonito
El náufrago de Coco Hueco
Cuento chino
El mensajero olvidadizo
El caso de la pizza napolitana
Glosario

Visto y leído en: EDAIC VARELA
http://edaicvarela.blogspot.com.ar/2012/12/ema-wolf.html



El señor Lupertius vivía en Banfield. Era un hombre tranquilo y de buen carácter, muy cortés con sus vecinos. Pero los jueves se enojaba muchísimo. Cuando le preguntaban por qué se enojaba los jueves siempre contestaba lo mismo:

—Porque el gato de mi prima Elvira tiene pesadillas.

—¿Y dónde vive su prima Elvira? —lo interrogaban.

—En Don Torcuato.

La historia era ésta:

Todos los miércoles a la noche la prima del señor Lupertius miraba la película de terror que daban por la tevé.

Su gato insistía en verla también él, pero después tenía sueños espantosos, se revolvía en la cama y no la dejaba dormir tranquila.

Es por eso que Elvira sacaba el gato al patio. Antes del amanecer, el gato sin sueño se acercaba a la jaula del canario y lo despertaba con un maullido en la oreja solamente para perjudicarlo. El canario se pegaba una espantada infalible y volcaba el comedero lleno de alpiste.

El ruido despertaba a la prima Elvira, que se levantaba cautelosamente con la chancleta en la mano pensando siempre que eran ladrones.

Como no encendía la luz, se llevaba por delante el perchero y se machucaba la frente. Decía una palabrota y entonces sí encendía la luz.

La luz de la habitación de Elvira despabilaba al vecino del fondo que se acababa de acostar porque era acomodador de cine. El hombre aprovechaba para ir a la cocina y comerse una cucharada sopera de dulce de leche a escondidas de su mujer. El ruido de la heladera al abrirse y cerrarse despertaba a su perro Fido, que se ponía a ladrar como un trastornado.

Por supuesto, eso despertaba a toda la cuadra. Pero la única que reaccionaba mal era la dueña de la casa de altos.

La dueña de la casa de altos subía rápidamente a la terraza, elegía una maceta llena y la tiraba al patio del acomodador con la esperanza de acertársela al perro. Casi nunca acertaba.

Entonces la mujer del acomodador salía en camisón al patio con la escoba en la mano gritando que alguien bombardeaba su casa y robaba el dulce de leche de la heladera. A continuación llamaba a la policía.

La policía interrogaba a los vecinos tratando de averiguar quién era el autor del hecho.

Cuando llegaban a la casa de Elvira encontraban al lado del teléfono la dirección de su primo Lupertius. El nombre les parecía sospechoso.
Entonces, con todo disimulo, mandaban un detective disfrazado de vendedor de libros ambulante a la casa del mismísimo Lupertius, que vivía en Banfield.

El falso vendedor tocaba timbre y se producía este diálogo:

—Vengo a ofrecerle el segundo tomo de la Enciclopedia de la fauna y la flora australianas. Pero antes me gustaría que contestara una breve encuesta.

—¡Cómo no! Pregunte nomás.

—¿Usted acostumbra a arrojar macetas a los patios ajenos?

—No.

—¿Y a robar dulce de leche de madrugada?

—¡Tampoco! ¡¿Por quién me toma?!

El detective tachaba a Lupertius de la lista de sospechosos y se iba sin nada más que hacer.

Y todas las veces así.

Pero nuestro héroe quedaba muy enojado. El episodio lo ponía de un humor pésimo durante el resto del día.

Por suerte, eso ocurría solamente los jueves.



FIN


Del libro: ¡Silencio, Niños! y Otros Cuentos, Ema Wolf.
Ilustraciones de Pez. Col. Torre de Papel Azul
(de 9 a 11 años) Editorial: Norma

Glosario:
► Banfield, es una localidad situada en la parte oriental del partido de Lomas de Zamora, en la zona sur del Gran Buenos Aires, Argentina.
► Don Torcuato, es una ciudad argentina ubicada en el partido de Tigre, en el Gran Buenos Aires.


Visto y leído en: http://llevatetodo.com/

Ilustración de Lupertius se enoja los jueves, Por Pablo Gamba.
Antología. P/Editorial Puerto de Palos 2009



Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

—No me baño —dijo—. ¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

—¿Qué pasa majestad? —preguntó el viejo chambelán- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?

—No, no y no —contestó el rey— pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias,-¡las medias que habían batallado con él veinte años!- pero nada más.

Su hermana, la duquesa Flora le decía:

—¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temés oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte...?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.

—¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo. Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón. Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:

—¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…! —Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.


FIN





“El rey que no quería bañarse” de Ema Wolf. En: ¡Silencio, Niños! y Otros Cuentos. Colección Torre de Papel. Grupo Editorial Norma.


Visto y leído en:

DECIMOS LEE
http://decimoslee.blogspot.com/2009/08/el-rey-que-no-queria-banarse-cuento.html

Ilustración: Clodette Hernandez
http://www.flickr.com/photos/kleydhe
"Argentina crece leyendo"


Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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